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El mundo Al instante - Geomática

 
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Un mapa con todas las fotos de la Tierra tomadas desde la estación espacial


En las alturas, a unos 400 km sobre la Tierra, un astronauta mira por la ventana y llega a distinguir, entre las formaciones nubosas, las costas de su país. La melancolía y la nostalgia le impulsan, otra vez, a sacar una nueva foto de la zona. Con estas historias mínimas como premisa, el científico Nathan Bergey ha creado un espectacular mapa. Reúne todas las fotos de nuestro planeta tomadas desde la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés).

Haciendo maniobras de investigación, construcción y entrenamiento de campo, los astronautas de la ISS se toman su tiempo para poder fotografiar distintos lugares de la Tierra, desde sus regiones de procedencia a otras locaciones particularmente importantes para ellos o simplemente lugares de una belleza extraordinaria o que, desde el espacio, reflejan cómo vivimos aquí abajo. Si a esto le sumamos que en la estación hay varios grupos de trabajadores del espacio que se intercambian cada 6 meses, la cantidad de fotos que se terminan tomando de la Tierra es ingente.

El científico Nathan Bergey empezó a recopilar todas las imágenes que fueron tomadas desde la ISS y creó un catálogo con más de un millón de fotografías. Más específicamente, 1.129.177. El científico recuperó la información de las coordenadas terrestres a las que correspondían las fotografías y las mapeó. Esto jamás podría haberse hecho si no fuera porque el Johnson Space Center’s Image Science & Analysis Laboratory marcó de libre acceso toda la información de la ISS relativa a este rubro. En el experimento del mapeo, Bergey también muestra cuáles son las zonas más fotografiadas y, entre otras cosas, cuáles fueron las expediciones en donde más fotos se tomaron.

Recopilando información desde la primera misión dada en el año 2000, las imágenes están a la vista de todos y cualquiera puede ir a revisarlas una por una. El sitio que las resguarda es The Gateway to Anstronaut Photography of Earth y su navegación es más que recomendable. Las fotos de la Tierra tomadas de la ISS son más de un millón, así que a disfrutar.

 

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Lunes 22 de abril del 2013
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El cambio climático provocará más turbulencias en los vuelos

Simulación de zonas con turbulencias.| Paul Williams
 

Durante años el sector de la aviación civil ha sido señalado como uno de los mayores emisores a la atmósfera de CO2, el gas que más está contribuyendo al calentamiento global. Pero según asegura un estudio británico, en los próximos años también la aviación civil sufrirá directamente las consecuencias del cambio climático.

Y es que, según sostiene esta investigación publicada en 'Nature Climate Change', la primera que se centra en este aspecto, a medida que aumente la concentración de CO2 en la atmósfera, las turbulencias atmósfericas que sufren los aviones serán más frecuentes cuando sobrevuelen el Atlántico Norte. Además del riesgo de que aumente el número de heridos, incrementará los costes de combustible y los daños que se producen en los aviones durante estos episodios.

Según este estudio, las turbulencias serán más frecuentes y más intensas. Su intensidad podría aumentar entre un 10 y un 40%. Por lo que respecta al espacio aéreo en el que es probable que los pilotos encuentren turbulencias significativas, se incrementaría en entre un 40 y un 70%. Lo más probable, señalan los autores, es que la frecuencia con la que se producen turbulencias aumente un 100%, es decir, que se doble.

Si sigue la tendencia actual de emisiones contaminantes, la probabilidad de que haya turbulencias moderadas o fuertes aumentaría en un 10,8%, según los científicos. Este escenario podría convertirse en realidad en 2050.

El estudio, firmado por investigadores del Centro Nacional para las Ciencias Atmosféricas de la Universidad de Reading (Reino Unido) ha sido presentado durante la Asamblea General que la Unión Europea de Geociencias (EGU, por sus siglas en inglés) celebra en Viena.

Corriente de chorro

Los científicos liderados por Paul D. Williams elaboraron un modelo matemático para simular los cambios que se producirán en las corrientes de chorro ('jet stream' en inglés) si se dobla la cantidad de CO2 presente en la atmósfera. Las corrientes de chorro son gigantescas masas de aire que se desplazan por la atmósfera. Se forman por las diferencias de temperatura entre los polos de la Tierra y el Ecuador y discurren a lo largo de miles de kilómetros.

Según explican los investigadores, las turbulencias en aire claro son especialmente difíciles de evitar porque los pilotos no las pueden detectar, ya que ni los satélites ni los radares que llevan a bordo los aviones pueden localizarlas. Estas turbulencias en aire claro están vinculadas a las corrientes de chorro que, según los científicos, se verán reforzadas por los cambios en el clima causados por el hombre.

Los investigadores mostraron cambios significativos en las turbulencias en aire claro (moderadas y severas) en la zona que atraviesan los vuelos transatlánticos a una altitud de crucero cuando se doblaba la concentración del dióxido de carbono.

Costes económicos de las turbulencias

Aparte del susto y de la molestia que las turbulencias representan para los viajeros, obligados a permanecer con el cinturón abrochado mientras se sobrevuela esas zonas, estos fenómenos causan heridos y pérdidas económicas a las aerolíneas.

Los científicos que firman este estudio sugieren que el aumento de las áreas con turbulencias debido al incremento de CO2 podría hacer que los vuelos fueran más largos, pues habrá que modificar con más frecuencia las rutas para rodear y evitar la zona de turbulencias. Aumentará también, por tanto, el consumo de combustible y con él, las emisiones contaminantes, estableciendo un círculo que se retroalimentaría.

Asimismo, en ocasiones las turbulencias causan daños estructurales en los aviones que deben ser reparados, con el consiguiente coste.

Según un estudio de la Flight Safety Foundation de 1998 alrededor de 10.000 personas resultan heridos cada año en todo el mundo (la mitad en EEUU) por la caída de equipaje de los compartimentos superiores debido a las turbulencias. La mayoría sufre pequeñas laceraciones o heridas pero también hay casos de traumas craneoencefálicos cuyos síntomas pueden tardar varios días en aparecer. Al menos un pasajero ha muerto durante un vuelo por turbulencias: En 1997 una mujer que no llevaba cinturón murió debido a los golpes que recibió al atravesar una zona con fuertes turbulencias. Otros 74 pasajeros resultaron heridos en el mismo vuelo que cubría la ruta entre Tokio y Honolulu.

Según Paul Williams, autor principal del estudio publicado en 'Nature Climate Change', las turbulencias tienen en la actualidad un coste anual para las compañías aéreas de unos 150 millones de dólares (114 millones de euros). Según señala, si aumenta esta cifra probablemente serán los pasajeros los que sufran este incremento pagando más por sus billetes.

 
 

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Lunes 15 de abril del 2013
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Un jardín de 53 años dentro de una botella

Latimer plantó el jardín dentro la botella en 1960

No solo delicados barcos diminutos, la naturaleza también puede ser embotellada y no nos referimos a poner agua mineral en frascos de vidrio. David Latimer plantó un jardín en 1960 dentro de una botella de 10 galones y solo lo regó una vez en su vida. El jardín se autoalimenta a través de fotosíntesis y debe ser regado una vez cada 53 años, por lo que hace 40 años que no se destapa.

Existen personas a las que se les mueren hasta los cactus por pereza y olvido, pero David Latimer es un genio «verde». El jardín dentro de una botella ha creado su propio ecosistema en miniatura a pesar de estar aislado del mundo exterior. El jardinero en cuestión afirma que nunca ha podado este jardín, por lo que parece haber crecido hasta el máximo posible que le da la botella de 37,8 litros. La NASA se ha interesado también en este tipo de proyectos porque podría servir como prototipos para llenar de flora el espacio.

Como cuenta el Daily Mail, los jardines dentro de una botella funcionan correctamente porque su espacio sellado crea un ecosistema totalmente autosuficiente en el cual las plantas pueden sobrevivir mediante la fotosíntesis para reciclar los nutrientes. El único contacto que hay con el ambiente es la luz que ingresa a través del vidrio de la botella, lo que le da energía a las plantas como para que se autoalimenten. La mecánica es simple. El agua de la botella es tomada por las raíces y se libera en el aire durante la transpiración, que se condensa y vuelve al fondo de la botella y retroalimenta a las raíces.

El ciclo se agota cada 50 años, y por eso es que hay que regalarlas solamente una vez en la vida. De noche, la planta respira celularmente y aprovecha los nutrientes almacenados. También usa la respiración celular para descomponer el material arrojado por la planta y sus bacterias se encargan de los procesos de reciclado del oxígeno y dióxido de carbono, reutilizando todo como si de un pequeño ejemplo del ecosistema se tratase.

Cómo hacer el tuyo

La idea de un jardín de botella es la de crear un microcosmos. Debe tener su propio hábitat especial y debe requerir poco mantenimiento. Para empezar tienes que seleccionar un recipiente de vidrio de tamaño considerable y con un cuello grueso como para poder manipular con facilidad. Incluso puedes usar una pecera. Luego necesitas un poco de compost, unas capas de arena gruesa, arena fina y guijarros, completando con las plantas sobre ellos. La Tradescantia es la especie elegida para este jardín, así que en vistas de su eficiencia, esta podría ser una buena selección. Después de plantarlas, una leve capa de grava y un riego cuidadoso ya concluirá la primera y fundamental fase. Pon el recipiente en un lugar donde pueda recibir luz solar o unos buenos focos de luz artificial y ya. Más tarde tendrás que cuidarla de cerca y verificar que el proceso de alimentación se esté dando correctamente. Vas por el buen camino para tener un jardín de 53 años.

 
 

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Lunes 15 de abril del 2013
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La valiosa carta sobre el descubrimiento del ADN dirigida a un niño de 12 años

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La imagen más detallada de los restos del Big Bang

John Cramer, investigador de la Universidad de Washington, acaba de publicar los resultados de su último trabajo, una “grabación” del sonido del Big Bang , una simulación basada en los datos de la misión europea Planck, cuyos resultados fueron publicados hace apenas unas semanas. Para ello, se ha basado en las mediciones de la radiación cósmica de fondo (CMB) obtenidas por el satélite, el último rescoldo de calor que procede directamente de la gran explosión que originó el Universo en que vivimos hace casi 14.000 millones de años.

La misión Planck, en efecto, acaba de realizar un detallado mapa (en la imagen superior) que refleja las sutiles diferencias de temperatura que mostraba el Universo «recién nacido», irregularidades térmicas (llamadas anisotropías) alrededor de las cuales los físicos creen que pudieron a empezar a desarrollarse las estructuras materiales (galaxias) que podemos ver en la actualidad.

«Soy un profesor emérito de Fisica en la Universidad de Washington – escribe Cramer en su pàgina web- Hace unos diez años, cuando los datos del satélite WMAP sobre la radiación cósmica de microondas (CMB) estuvieron disponibles, llevé a cabo un cálculo matemático para reproducir el sonido del Big Bang. Ahora he decidido volver a hacer lo mismo con los nuevos datos de la misión Planck, de la ESA». El nuevo espectro, afirma el investigador, «llega a frecuencias mucho más altas que las obtenidas por el WMAP, y ofrece por lo tanto una fidelidad mucho más alta del sonido del Big Bang».

El sonido, realmente impresionante, está disponible en Internet en varias versiones, que van desde los 20 segundos a los 8 minutos de duración. El efecto resulta similar a lo que los sismólogos describen como un terremoto de magnitud 9, capaz de causar que toda la Tierra vibre como una campana. Solo que en este caso, la vibración recorre todo el Universo. La simulación comienza cuando el Universo tenía 379.000 años de edad (momento en que las partículas pudieron empezar a unirse en átomos y el Universo se hizo transparente) y representa sus primeros 760.000 años de evolución, siguiendo fielmente las variaciones en la radiación de fondo medidas por la misión Planck. «El espaciotiempo mismo -asegura Cramer- vibra cuando el Universo es lo suficientemente pequeño».

A medida que el Universo se enfriaba y se expandía, explica Cramer, las longitudes de onda se iban estirando, lo que equivale a sonidos cada vez más graves. El sonido, en efecto, era tan grave que el científico tuvo que aumentar su frecuencia diez sextillones de veces, lo que equivale a un uno seguido de 26 ceros, para que las grabaciones resultantes fueran audibles para el ser humano. Cramer, que compagina sus clases en la Universidad de Washington con su trabajo en el Brookhaven National Laboratory, asegura que «se trata de algo muy interesante que he querido compartir. Es otra forma de echar un vistazo al trabajo que estamos haciendo».

 
 

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Lunes 15 de abril del 2013
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¿Pueden las tormentas solares causar terremotos?


Quizás algún lector crea que la investigación realizada por científicos del Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) roza lo absurdo, pero la sospecha de que una fuerte actividad solar pueda ser causante de que la Tierra se estremezca ha sido defendida por algunos investigadores y está bastante extendida. Lo suficiente como para que alguien se haya interesado en intentar esclarecer el asunto. Y la respuesta es que parece que no, ni las llamaradas solares por muy grandiosas y espectaculares que sean ni las eyecciones de masa coronal (las partículas ardientes lanzadas al espacio por el Astro rey) pueden provocar que la superficie del planeta se eche a temblar. Decimos «parece» porque los autores reconocen que el resultado de sus indagaciones no es concluyente. No han encontrado una conexión, pero tampoco pueden poner la mano en el fuego por que esta no exista.

Lo que sí existe es la creencia de que los terremotos pueden activarse o ser más intensos cuando el Sol entra en una fase de gran actividad. Un estudio publicado por el Space and Science Research Centre en Florida (EE.UU.) hace tres años encontraba una fuerte correlación entre la actividad solar y los mayores eventos sísmicos y volcánicos en la Tierra. Cuando sucedió el devastador seísmo de Japón el 11 de marzo de 2011, el Sol estaba muy despierto, lo que suscitó aún más el interés popular por este asunto.

No hay relación

Jeffrey Love, geofísico del USGS, quiso comprobar por sí mismo si algo así podía ser cierto con la ayuda del equipo científico Northwest Research Associates y comprobó el estado del Sol el mismo día que se produjeron distintos terremotos. No encontró un parámetro que se repitiera. «Hay algunos seísmos como el de Chile de 1960, de magnitud 9,5, en el que había más manchas solares y más actividad geomagnética de lo que es habitual, pero en el de Alaska de 1964 todo estaba más tranquilo de lo normal», pone como ejemplo Love a Universe Today. En definitiva, algunos terremotos han coincidido con momentos de gran actividad solar y otros no, y se han producido grandes tormentas solares sin que la corteza terrestre se quebrara al mismo tiempo. Los resultados, publicados en la revista Geophysical Research Letters no son concluyentes.

«Es natural que los científicos quieran ver las relaciones entre las cosas», dice Love. «Pero eso no quiere decir que esa relación exista realmente».

 
 

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Lunes 15 de abril del 2013

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